martes, 31 de mayo de 2016

¿Vinos rosados? Sí, y no solo para barbacoas

Vinos rosados. Vinos eternamente asociados al verano. Vinos que muchos dicen que son ideales para barbacoas y fiestas informales. Vinos que algunos intentan colocar como “femeninos”, argumentando que son delicados y sexys. ¡Paparruchas! El que crea todo esto que no siga leyendo. Los vinos rosados tienen su identidad propia y no entienden de géneros. Pero en esta España nuestra, país de contradicciones por antonomasia, resulta que aunque hacemos grandes vinos rosados, su consumo no termina de cuajar. Se duda sobre su calidad, es más difícil encontrarlos (en muchos locales ni se venden ni se sirven) y, tradicionalmente, su marketing ha sido nefasto.

Con estos mimbres es difícil hacer buenos cestos, pero los hacemos. En nuestro país existe una variedad de vinos rosados asombrosa. Distintas procedencias, suelos, conceptos, uvas y precios les aportan un atractivo fantástico. Las grandes bodegas parece que comienzan a apuntarse al carro del rosado, en vista del auge de este vino en el mercado mundial. Muchas pequeñas llevan apostando por él desde hace años. Detrás de alguna de ellas hay personas que no cejan en su empeño de apostar por este tipo de vino y hacerlo de la mejor manera que saben: trabajando honestamente. Una de estas personas es Bertrand Sourdais, padre del que para mí es uno de los mejores rosados españoles que he probado hasta la fecha: Le Rosé.  Elaborado en Bodegas Antídoto, en la zona soriana de la Ribera del Duero, en Atauta, es un rosado pálido pero muy serio, con estructura, largo, que huye de mediocridades, que mezcla las variedades Tinto Fino, Garnacha y la blanca Albillo. Ahora, barato no es. La botella ronda los 40€. La misma bodega (y el mismo enólogo) firma Roselito, un rosado más accesible, tanto por su precio (10€) como por su cata, pero con el mismo concepto de presentar un trabajo sincero respetando sus orígenes.


Si hablamos de orígenes, se hace necesario citar a Carles Esteva, propietario de Can Ràfols dels Caus (macizo del Garraf, DO Penedès) desde comienzos de los años 80. Un vitivinicultor de los que pasan el año a pie de viña (por muchos años que vayan teniendo ambos), trabajando de forma natural (últimamente hasta en biodinámico, lo que viene siendo el sumun de la naturalidad) y alma máter del Cran Caus Rosado. Un monovarietal de Merlot sin prensar, con un color subido que roza lo oxidado, que evoluciona genial en copa. Un vino muy largo que se puede encontrar por 15€ y que es otro de los que se recuerdan por muchos vinos que pasen.


Escribir de rosados y no hacerlo de la DO Navarra tendría delito. Aquí también voy a recurrir a los clásicos y voy a hablar de Fernando Chivite, con casi 40 años de trayectoria profesional como bodeguero, y de uno de sus últimos trabajos (muchos dicen que el más personal): Arbayún Rosado (9€). Una Garnacha de la zona de Baja Montaña, así también se llama la bodega (estamos hablando de Liédana y las gargantas de los alrededores, de una de ellas toma el nombre el vino) que retoma el color rosa pálido joven, sin evolución, de los rosados clásicos navarros. Un vino que recoge la máxima de hacer que lo difícil parezca fácil, y lo consigue. Además, presenta una curiosa evolución en botella, que habrá que ir observando cosecha a cosecha, ya que el 2015 es tan solo su segunda añada.


Olvidarme de la DO Cigales, también sería imperdonable. Y aquí es donde rompo la baraja y me decanto por Salvueros (7€), el primero de la zona elaborado exclusivamente con Garnacha Gris, obra de Bodegas Hijos de Marcos Gómez. Trasgresor, floral más que frutal, con un amargor encantador y, desde luego, personalidad propia. El vino estrella de los hermanos Rafael y Raúl Gómez, tercera generación de bodegueros en Mucientes (Valladolid) y defensores desde el principio de la elaboración de rosados de calidad. 

Por último, y en otro nivel, no quiero olvidarme del Mediterráneo. Aquí voy a seguir la tendencia de hablar de una de las bodegas más premiadas en los últimos años de las zonas de Utiel-Requena y Valencia y de su enólogo; me refiero a Hispano Suizas y Pablo Ossorio, que se ha convertido en un Rey Midas ya que proyecto en el que se mete, vino que triunfa. Esto no es nada fácil, y menos en nuestro país. El año pasado lanzó Impromptu Rosé, un rosado de Pinot Noir fermentado en barrica y criado en lías que supuso su primera incursión en la DO Valencia, y fue uno de los mejores rosados españoles según las guías nacionales. La última añada, la de 2015, ya ha conseguido situarse como el mejor rosado según estos prescriptores. Ponerlos de acuerdo ya es un logro y, por tanto, este rosado de guarda, como lo han bautizado sus creadores, es también una apuesta segura que se cotiza a unos 20€ la botella.


Tan solo he nombrado cinco, una pequeña muestra que sirve para apreciar la calidad que se está alcanzando en la elaboración de vinos rosados en diversas zonas y con distintas uvas y climas. Rosados con identidad, espíritu propio y muy diferentes entre ellos, como sus creadores. Rosados que permanecen en tu memoria, haciendo de su disfrute toda una experiencia que va más allá de géneros y climatologías sofocantes. Por todo ello, sí al vino rosado y, por favor, no solo para barbacoas. Hacer un rosado con estas cualidades es más difícil que elaborar un buen tinto, según me han explicado la mayoría de los protagonistas de esta entrada, así que tratémoslos como se merecen, tomémoslos en serio pero, sobre todo, tomémoslos. Vivamos la vie en rose.

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